Cacao y azúcar
No soy afrodisiaco ni afro-asia-americano, no, soy color cacao y azúcar, y no me gusta el calor. ¡ Qué me derrito ¡ Qué me deshago en mi propio zumo. Soy Europeo, Ibérico para más señas, como el jamón de pata negra, de pata negra, aliñado a las finas yerbas con bellota de encina y de alcornoques de las que crecen en las dehesas extremeñas, y no me gusta el calor, me agobia, me ataca y me atasca, no me deja pensar, no me deja ser yo, me reblandezco por fuera y por dentro, se me pegan cual lapas mis ropajes de platería a mis pieles blancas y blandas , y cual sanguijuelas me chupan la sangre de mis venas, se evapora mi esencia, mi estado sólido se licúa y me pone de muy mal humor, me roba mi substancialidad, mi energía y ale, por el suelo voy dando tumbos, buscando los lugares umbríos, allá donde las sombras jueguen a esconderse en la noche sin luna. Me gustan unas manos frías, heladas, unas caricias de hielo, y es cuando me pongo enhiesto, gallardo, orgulloso, estirado, sensual, con unos abrazos sin whisky on the rock, sin alcohol, sólo hielo. Y me dejaré poseer si me introduces en tu cuerpo de paredes blancas, de rejillas suaves, de olores agradables, de interiores fríos y húmedos, allá dentro tomaré cuerpo y sabor, me engrandeceré con la frescura de sus secretismos de oscuridad, con la respiración entrecortada de la circuitería eléctrica de esa máquina tan perfecta, de ese cuerpo tan dador de vida, y allá dentro déjame estar, cual carámbano de escarcha, siendo yo, ese acto qué a mi me da la vida, me da el placer, retorno a mi edén, al vientre primigenio que me vio nacer, a ese cuerpo que diríase de la Reina de la Nieves. Tan bello. Tan excelente.
Se abrió la puerta y tú entraste en mi habitación, en ese rincón a oscuras donde paso largas horas inventado historias que no existen, un rincón acogedor, frío, húmedo, tranquilo, monótono y seguro. Pero falto de amor.
Me tomaste entre tus manos frías y nos fuimos de paseo. Entre las rendijas de tus dedos vi el sol brillar, implacable y encarnizado ¡Lo odio¡ . ¡Te juro que odio al sol! ,
Tanto como idolatro la luna y tus manos frías. No me dejes, no me sueltes, no me coloques lejos de ti ó me fundiré bajó los abrasadores rayos del tirano que campa a sus antojos, como dictador, ejerciendo su ley a su libre albedrío, allá en lo alto, sin competencia en estos largos días de verano.
Añoro el cielo nublado. Los días de inviernos cortos. Pero me gustan tus manos frías.
No sé donde vamos, es la primera vez que me tomas, que soy tuyo, que te hago mia, que salimos juntos fuera de este mi microclima semiandino donde habitaba, de mi rincón fresco, glaciar y oscuro y si no fuesen por tus manos, tan acariciantes, tan de madre, tan de amante, tan de , eh, eh, eh. No. No lo hagas. No te deshagas de mi. No me abandones. ¿Qué haces?. Estoy empezando a sentir calor, mucho calor, a sudar, sin tus manos, sin tu protección, me me ¿me estaré muriendo? . Noto que mi corazón se cae a trozos, a pedazos, cual margarita deshojada en manos de un enamorado ó rosas exfoliadas en la senda de los pétalos que hayan de pisar unos pies virginales con pasos lentos camino del altar. Me siento sólo. Dejado. No siento tus manos sobre mi. Sólo calor. Un ardor de estómago me invade atacando el cerebro de mi fatalidad. No te veo. Te has ido. Es el destino. Escrito está en las estrellas que no he de sentir tus manos frías de nuevo ¡ Y una M. ¡ . Es de día, el sol no las deja ver, aun toca sufrir. Nos movemos. Voy a dormir un rato, tal vez así, con el sueño, mis pesadillas vuelen lejos y
Y en mis sueños regresé a mi infancia, cuando aun no era yo. Unas manos rudas que palpaban unas ubres glandulosas, ordeño y mando, manos calientes. Manos campesinas de mando, que explotan, que ordeñan y mandan, que exprimen hasta la última gota de la lechada, que dan palmaditas en los costados, que estrujan y no acarician, que aprietan y no arrullan, que esquilman y no agasajan, que comercializan sin besar ni amar, sin dar las gracias, sin un piropo ni un clavel, no, ellas son tan distintas a las tuyas.
Las tuyas son eh, están aquí, las siento, has regresado.
Ains, wow, wow.
Lo siento mucho. Estoy algo pachucho, ya sé. Es el calor. No soy el mismo. Fofo y desfigurado. Me reblandezco entre tus dedos. Por favor, vamos dentro. Ahora estoy enfermo, pero con unas aspirinas y unas bolsas de hielo en la frente
Si es tan sólo notar el tacto de tus manos y recuperar el aliento. Pero vayamos dentro. Dame unos minutos en la sala de rehabilitación, déjame tumbarme sobre el suelo, desnudarme sobre las baldosas, penetrar en ese artilugio que me da la vida y te juro que recuperaré mi salud.
Lo ves. He vuelto. Ya soy yo. Vital y energizante. Ya sé que mi aspecto ha cambiado, estoy encorvado y ojeroso, pero son los efectos secundarios del sol, nada más. Ahora ya estoy listo, venga, haz de mí lo que te plazca. Rompe mi envoltura, desgarra mis vestimentas, haz saltar todos los botones de mi camisa de seda, de mi envoltura de plata. Desnúdame. Desnúdame sin prisas, qué quiero sentir el tacto de tus dedos en mi cuerpo, un tacto sensual, lujurioso, lascivo y tierno, muy muy tierno, y frío, no dejes nunca de tener tus manos frías.
Tómame un cachito, bésame despacio, que quiero sentir la caricia en mi cuerpo de tus labios carnales, pecar con ellos, cantarles obscenidades, impudicias, notar tu saliva, refregar tus dientes blancos, entrar dentro de ti, penetrarte, poseer tu interior de mujer, darte ese poco de placer que sin ser afrodisiaco, yo sé hacer de ti, derretirme en halagos sobre la bóveda de tu boca pintada de frescos, hacerme agua en tu caverna, aguarme en tu paladar y correrme en hilillos de leche fermentada para endulzar tus momentos y llenarlos de gozo, atravesar esa garganta profunda, mezclar fluidos, formar parte de tus moléculas, de tus células y por encima de todo, estar siempre contigo, y ahora, lo estoy. Dentro, dentro de ti. Perdido, pero viéndote. Creo que creo que me voy a instalar en tu corazón. Allá se está muy cálido, y yo ya estoy cansado de tenerle miedo al sol y al calor, cansado de amar el frío.
Por favor, por favor, no olvides devolver el resto de la tableta de chocolate al frigorífico.
Ese rincón mío que fue mío un día, frío y húmedo, donde pasé largas horas inventado historias Ya que yo, soy de cacao y azúcar.
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